miércoles, 28 de abril de 2010

EL BRASERO DE PICÓN Y LA BADILA

                                        EL BRASERO DE PICÓN Y LA BADILA


         Ya no quedan piconeros, han desaparecido de la ciudad, ese hombre de dientes blanquísimos, manos y cara tiznada, con un gesto de vencedor ante una lucha diaria, en  esas batallas libradas antes una series de elementos como la encina, la jara, la retama o el olivo, para poder hacer el picón, vociferando por las calles ¡Niñas el piconero!, con aire de Cid Campeador. Si Señor han desaparecido y con él los braseros.

         La historia de los braseros empezaría cuando el hombre conoció el fuego y las brasas quiso conservarlas en una concavidad o hueco de alguna cosa; braseros los habido en todas épocas a lo largo de los siglos, pero podemos resaltar los del romanticismo que presidían los salones. Brillantes braseros de cobres de artesanía, había braseros de camillas tapados con faldas, braseros para las tertulias, el rosario familiar y de meditación, de recuerdo, añoranzas y proyectos, braseros para la alhucema, el incienso y el romero, que olían a iglesias a campo y a novia, ¡cuantas pavas se abran pelado debajo de los braseros!. ¡cuantas cabrillas habrán salido en las piernas!.

         Alrededor de una camilla muchas  páginas  de  la historia han pasado. En torno a una camilla se ha gobernado mejor o peor la vida de muchos pueblos, junto al brasero, el alcalde, el juez, el médico, el boticario, el cacique… y el cura, discutían de política, de toros, de fulana/o, de mengana/o, de todo quisqui que se ponían por delante; cuando se discutía y se daba un puñetazo en la camilla, el brasero lo acusaba y se quejaba desmoronándose la pirámide en que esta hecho. En  tardes frías y lluviosas, se decían que eran de las tres b: brasero, botella y baraja.

         El brasero era una obra de arte y moverlo se requería cierta habilidad que no todo el mundo tenía, se usaba la badila, para poder juntarlo, abrirlo, mimarlo, en algunos sitios se decía “tu que sabes, echa una firma”, el que echaba la firma se encontraba de buena a primera con unos muslo rosados o con las consabidas manitas de los novios.

         Julio Romero de Torre pintó unos de sus mejores cuadros “La Piconera”, una bellísima mujer al amor del brasero con una badila en la mano.

         Si alrededor de una buena camilla con un brasero de picón de encina,  se sentasen los políticos, cordialmente, para ponerse de acuerdo y no dejar que este país se les fuese de las manos, y poner las cartas boca arriba ante de entonar el gori sin gori, es decir el requien del brasero.

         ¡Que nos estamos jugando mucho! Anda mueve el brasero y ten cuidado de que no se lleven la badila, que esto y mucho más sucede en estos tiempos.

Ricardo. Novre 2009

        

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