Hablar de comunicación, comunicar, explicar y no describir, parece una idea intrínseca para una persona que tiene cierto don de comunicación con sus semejantes, para una persona que “goza” con una conversación o una charla, para una persona que reaviva el fuego de la comunicación, y para que las palabras le invita a la imaginación y al vuelo, le libera de las servicias de la ociosidad, me parece tarea ardua de desarrollar.
La palabra y la comunicación van fundidas, no se puede hablar de comunicación sin la palabra o viceversa. “La palabra – como dice Rafael Pérez Estrada, en su libro CELEBRACIÓN DE LA PALABRA Y EL LIBRO -, surge cuando en el silencio de la noche un hombre imita un papagayo. Hay palabras salvajes, como los vidrios que subrayan la propiedad de los antiguos predios, son palabras terribles salidas para el olvido. Las hay hermosas y esplendentes como el brillo de esos cristales abandonados a la arilla del mar. También las hay, que, sin ser góticas, recuerdan encendidas vidrieras de algunas catedrales. Otras vienen envueltas en la niebla que entorna la melancolía. Estas nace en la soledad infinita de los puertos del sur”.
Para comunicarse con la palabra hay que interpersonal izarla, es decir, compartir información con el fin de comprender a otros así como a nosotros mismos y a nuestra competencia.
Asimismo para comunicarse, como dice Campos Reina en su libro, EL LIBRO Y EL TIEMPO, “es necesario ser perito en la materia, ser entendido en la misma; conocer bien aquello de los que se pretende tratar; saber de sus secretos, de sus virtudes, de sus defectos. Sin embargo, no parece inquietar a casi nadie que el orador, el entendido, el perito, se halle o no se halle motivado por un sentimiento especial hacia aquello de lo que se ocupa”.
Sin embargo con el tiempo, uno aprende, con la palabra y la comunicación, a no ser un simple emisor que emite información, sino un receptor para recibir esa información, es decir, aprender a escuchar y no a oír; es decir, ESCUCHAR, LEER, VALORAR Y GOZAR de las palabras.
Todas las técnicas que existen para la comunicación, bien de masas u de otro tipo, de nada servirá la interrelación que debe existir entre el sujeto emisor y el receptor, sino se consiguen palabras bellísimas, palabras de nadie conocidas, sonidos tropicales, tonos frágiles, significantes equívocos, de asonancias inesperadas, de ritmos únicos; palabras abiertas como la claridad del alba, verbos del amanecer, adjetivos marinos, superlativos desesperantes, expresiones terribles y vocales transparentes, algunas pronunciadas tímidas y secretas; primero es la palabra, después la rosa.
La palabra no es sólo oral, sino que están encerradas en una caja de cristal llamadas libros: “El libro es cauce y es torre y es árbol”. O, quizás el libro sea siempre otro libro; nuestra cultura son nuestros libros.
Nuestra conciencia y el tiempo que vivamos están en las escrituras, y a veces también en escrituras la historia imaginal de un futuro incierto.
La comunicación escrita es la interrelación entre personajes, puede ser la crónica de una vida; eso me hace pensar que el libro y la vida se complementan. Que no se conciben uno sin la otra, que el hombre adquiere su madurez racional en un juego de signos y palabras, que el espíritu crea y vive en la palabra escrita.
Ricardo Altamirano Tapia.-
Alumno Aula Permanente de Formación Abierta.- 2º ciclo.
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